A principios de la década de los 2000, una campaña organizada por activistas de base, estuvo a punto de tumbar a HLS (Huntingdon Life Sciences), que en aquél momento era el mayor laboratorio por contrato de Europa.
SHAC (Stop Huntingdon Life Sciences), que así se llamó la campaña, no quería mejoras en las condiciones de vida de los animales encerrados en el laboratorio, ni pedía jaulas más grandes, lo único que querían era que la empresa cerrase sus puertas para siempre. La campaña se extendió poco a poco por todo el mundo y cientos de activistas protestaron frente a las casas de directivos de HLS, hicieron que los proveedores del laboratorio dejasen de trabajar con ellos, consiguieron que les cerrasen cuentas bancarias y, en definitiva, pusieron a HLS contra las cuerdas. Tanto, que el estado decidió no dejar caer al gigante de la experimentación animal. Apoyó económicamente a la empresa y lanzó una brutal oleada represiva en Reino Unido y Estados Unidos contra decenas de activistas que habían participado en la campaña.
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