La historia de Jill y Lizzy

Jill y Lizzy

Hoy 24 de abril, Día Mundial del Animal en Laboratorio, nos parecía importante poner el foco sobre sus protagonistas: los animales que han sufrido los abusos de la industria de la experimentación animal. El Santuario Espíritu Libre se convirtió en hogar seguro para Jill y Lizzy, dos perras Beagle provenientes de la Universidad Complutense de Madrid. Por eso decidimos mandarles unas preguntas para que nos hablasen de ellas.

Aunque Jill sigue disfrutando de su vida en libertad, lejos de quienes la dañaron y la explotaron, Lizzy falleció debido a la enfermedad que le habían inoculado. Esta publicación va dedicada a ella y a todos los animales que siguen encerrados en centros de experimentación.

Podéis saber más sobre el santuario en https://santuarioespiritulibre.com/

1-Por favor, explicadnos cómo llegaron Jill y Lizzy al santuario y de dónde procedían.

M: Nos llegó el caso de Jill y Lizzy por una publicación en Facebook sobre el caso de 16 Beagle de 2 años que habían sido rescatadas de ser sacrificadas tras finalizar el experimento del que eran sujetos de estudio en la Universidad Complutense de Madrid.

Nos ofrecimos a ayudar, ofreciendo un hogar a quien más lo necesitara, y resultó que eran ellas dos las indicadas, pues al estar enfermas, sería más difícil que las adoptaran. De las 16 Beagle que sobrevivieron, todas recibieron el tratamiento para curarlas de la leishmania, salvo ellas dos, que a pesar de ser «indultadas» seguían formando parte del experimento, para ver cómo les afectaba a su vida, permanecer infectadas.

L: Jill y Lizzy procedían de Francia, de unos laboratorios donde experimentaban con Beagles para combatir la leishmania. A ellas, que estaban sanas, les introdujeron la enfermedad. Es un horror y paradójico pensar como a unos seres sanos los enferman para poder combatir la propia enfermedad que les han provocado. Con la ley de sacrificio cero en los laboratorios de experimentación, un grupo de Madrid consiguió rescatar a varios y así fue como contactaron con el santuario y como llegaron Jill y Lizzy a Espíritu Libre. 

2-Si no os resulta muy duro explicarlo, ¿sabéis a qué tipo de experimentos las habían sometido?

M: Las infectaron de leishmania, siendo cachorras, y estando completamente sanas (procedían de un criadero de Francia). Permanecieron año y medio encerradas, y sólo salían del chenil a un patio con las demás cuando se limpiaba o tenían que hacerles alguna prueba.

3-¿Cómo reaccionaron a los primeros días de convivencia con vosotres? ¿Sentían miedo de les humanes?

M: El primer mes tras salir lo pasaron por separado en dos casas de acogida, ya que necesitaban seguir un tratamiento. Cuando llegaron al santuario, los primeros días eran tímidas, se asustaban con bastante facilidad, de los ruidos, personas, sobre todo hombres, (la mayoría eran veterinarios quienes las manipulaban en la Complutense) incluso movimientos, que las alertaban y su actitud se volvía sumisa, por experiencias pasadas o al no conocer la situación.

L: Tanto Jill como Lizzy tenían un comportamiento muy pasivo, muy dócil, cuando llegaron al santuario. Las mirabas a los ojos y podías ver su indefensión aprendida. No les veía miedo, les veía ausencia de emoción. Eso producía mucha más tristeza, pensar qué torturas y manipulaciones tenían que haber experimentado para llegar a ese estado emocional y corporal de vacío. Recuerdo que Jill era más permisiva con el contacto y acercamiento de las humanas del santuario. A Lizzy le costó más al principio y se alejaba más. 

4-Nos explicabais que Jill es una perrita sin expresión en el rostro. ¿Qué otras secuelas de su tiempo encerrada en la industria de la experimentación detectáis en ella?

M: Era una perrita que no se comportaba como tal, no entendía qué eran las caricias, los besos, no actuaba como estamos acostumbradas a que se comporte un perro (subirse al sofá, dar lametones, jugar, perseguir una pelota…). Nos costó mucho que confiase en nosotras, que se sintiera segura, que supiera que allí no le volverían a hacer daño.

Ahora su comportamiento es más de un perrito, aunque a su manera. No sabe muy bien cómo pedir atención o mimos, y te pone sus dos patitas delanteras encima, o con una de ellas en el cuerpo o la cara para que le des besitos.

L: Al poco de llegar, comprobamos de forma muy cruda las secuelas, no sólo emocionales de la experimentación y tortura animal. A Lizzy le afectó la enfermedad a sus órganos de una manera muy rápida, hasta que llegó el momento de no poder hacer más por ella. Nos negamos a que su cuerpo siguiera siendo cosificado y manipulado, decidimos darle el amor que teníamos esos pocos días y dejar que se marchara con la paz que nunca había podido sentir. Darle la dignidad que nunca le debieron haber robado. 

Tatuaje a puntos de Jill

5-¿Hay secuelas comunes en todos los animales supervivientes de la experimentación? ¿Patrones que se repiten habitualmente en esos animales?

M: A día de hoy sigue teniendo pesadillas, aúlla, llora… Suponemos que es porque revive su pasado allí. Tiene obsesión por la comida, y come muy rápido (suele pasarles a los animales que han vivido en cheniles, y más con otros, teniendo que compartir espacio), y es posesiva con la comida. Se deja manipular y hacer todo tipo de exploración física en las visitas que hemos tenido en el veterinario. Cuando quiere algo o se pone contenta, da saltos con sus patitas traseras y levanta las delanteras, que es un comportamiento muy común cuando viven en cheniles. Le asustan las personas nuevas, altas y si son hombres, más.

L: Supongo que en general, las consecuencias que tienen en común los animales que han tenido que vivir este tipo de actos, además de las secuelas físicas, son las secuelas emocionales: el miedo a volver a ser agredidos, la dificultad en confiar, el apego ansioso o evitativo y la indefensión aprendida. 

6-Durante un tiempo, tenían que volver para que les realizasen determinadas pruebas. ¿Nos podéis explicar un poco más este proceso? ¿Es habitual? ¿Cuándo terminó?

M: Había que hacerle analíticas periódicas para medir y comparar parámetros por su enfermedad, y ver si había algún órgano afectado. Primero eran cada seis meses, y durante dos años, una anual. Fue una condición que puso la universidad para darlas en adopción, y sobre todo en el caso de Jill y Lizzy, que seguían enfermas por su decisión.

7-Habladnos un poco del caso de Lizzy.

M: Lizzy era más tímida que Jill, pero cuando sentía confianza en ti, era un amor de perrita. A pesar de todo lo que vivió, era dulce, cariñosa a su manera, aprendió a dar besitos, jugar y convivir en un hogar con más perritos y humanas. Desafortunadamente, sólo pudimos disfrutar de ella un mes desde que llegó al santuario, porque la leishmania afectó a su hígado, y tras varios días hospitalizada, falleció de un fallo hepático. Fue muy duro todo el proceso que vivimos desde que nos dimos cuenta de que le ocurría algo, porque todos los veterinarios a los que acudimos nos decían lo mismo, que era por la enfermedad. Pero cuando hablábamos con la Complutense, se negaban a aceptar que fuera por eso. Llegaron a acusarnos de ser las responsables, por darles pienso vegano, o si había posibilidad de que en la finca hubiera alguna seta alucinógena con la que se hubiera intoxicado.

La desesperación nos llevó a trasladarla al hospital de Murcia, donde todo el mundo se volcó en sus cuidados, y la propia gerente nos ayudó a tratar con los veterinarios de Madrid, y en la necropsia se vio que ese fallo hepático no era algo causado a corto plazo, y que era bastante evidente que era una consecuencia de la leishmania.

8-En vuestra web contáis que incluso cuando Lizzy ya había fallecido se quisieron llevar su cuerpo para seguir experimentando en ella, pero os negasteis. ¿Os generó problemas legales esta decisión?

M: Como no querían reconocer su responsabilidad, y dudaban del criterio del hospital de Murcia, querían hacer una segunda necropsia. Nos negamos en rotundo a que Lizzy volviera a sus manos, y siguieran explotando su cuerpo para sus estudios y beneficios económicos. Esto supuso que intentaran quitarnos la custodia de Jill, justificándose en que un santuario no era el lugar idóneo para unas perras de experimentación. Gracias a la ayuda de una persona involucrada en sus adopciones, logramos que Jill permaneciese a nuestro lado, y la pesadilla acabara para las dos.

Jill mirando al mar

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